lunes, 12 de octubre de 2015

LA VIOLENCIA NO ES DE LOS VIOLENTOS
Por Vicky Moreno

La violencia contra la mujer es la terrible punta de un iceberg que dejamos flotar libremente en nuestra sociedad, acostumbrados a tener hasta como espectáculo y entretenimiento la visión de estas y otras muchas masacres.
Todos queremos que se deje de matar, que no aparezcan cada día noticias en el periódico sobre hombres que asesinan; personas normales, como tú o como yo, cuya mente, un día de ceguera, con sólo sentirse acosados, insultados o menospreciados, reacciona abriendo el grifo de la adrenalina y poniendo en marcha toda una catártica reacción de defensa aprendida... ¿dónde?...  POR TODAS PARTES.
  No seamos hipócritas. Estamos todos locos (...o, como algunos dirían, conducidos colectivamente por las fuerzas del "lado oscuro"), si creemos que la responsabilidad por esas muertes y muchas otras las tienen los demás.
Consentimos que la violencia y la agresividad estén en las casas, en los juegos, en la tele, en las películas, en los políticos, en la calle;  como lenguaje, como valor, como forma de conseguir cosas, como forma de liderar, como forma de ser "ejecutivo"....
¿Qué esperamos que tenga dentro como grabación profunda y motor de sus resortes automáticos un niño que contempla al mes más de treinta mil escenas, juegos, vídeos y películas que hacen héroes a los violentos? ¿Ve el mismo número de imágenes que muestren la realidad plural y magnífica de la vida? ¿Aprende de guiones y personajes con estructuras psicológicas sanas que ensalcen como héroes a los científicos, a los generosos, a los honestos, a los constructivos, a los serviciales, a los limpios de corazón, a los pacíficos?....
Tan sólo en el paleolítico, cuando la agresividad era un recurso imprescindible para la supervivencia y la defensa del territorio, pudo tener sentido el entrenamiento de ese resorte neuroquímico que activaba las garras y colmillos , y me cabe dudarlo porque,  aún entonces, la selección natural fue dando poco a poco prelación a los individuos mejor dotados intelectualmente y más empáticos y negociadores, por encima de los más animales y agresivos.
Si todos decimos desear lo mejor para ellos ¿qué hace que sigamos entrenando a nuestros hijos en el consumo, la superficialidad, el odio y la violencia en lugar de capacitarlos para una vida en comunidad compasiva,  respetuosa y sana?
Por desgracia, se produce un mecanismo perverso que camufla la gravedad de lo que está pasando y nos conduce a un peligrosísimo y cada vez más próximo, punto de no retorno:
Primero, en la familia, desde que nace el niño, se consiente esa siembra de frivolidad y agresividad presente en los medios y en el propio entorno, junto a mensajes sobre normas sociales y valores que a menudo están ausentes en la conducta de sus propios progenitores. 
Después, nuestro sistema educativo se ocupa de enrasar, pasando la plancha sobre lo más genuino y espontáneo de cada chaval, sin profundización ninguna en discernimiento, compasión, filosofía, valores ni  gestión emocional.
¿Qué va a suceder? 
Que en una parte de especímenes triunfe la educación formal sobre el instinto animal, y salgan más o menos tranquilitos, capacitados para la nutrición, relación y reproducción del modelo social de consumidor adiestrado, accidental padre de familia y educador incompetente sin cuestionamiento alguno. 
O que nuestro chaval salga a la vida en sociedad sembrado de agresividad, valores enfrentados y contradicciones (aunque incluso esté modelado por el barniz que le hace contener a duras penas los gases tóxicos de su propio volcán de emociones, que lleva tapadas  sin comprender, y que jamás le ayudaron a analizar y menos a desmontar).
Los más afortunados y mejor dotados y apoyados, podrán darle la vuelta a la tortilla, hacer buena gestión de su tortura y transformarla en creativa a través de un pincel, un buen maestro, un deporte, un instrumento, un impacto doloroso, un amor constructivo o la propia palabra que les libere para siempre o a ratos de ese lastre de incoherencia heredada en este tiempo de locura.
El individuo masculino de nuestra especie se tiene que enfrentar con la difícil tarea de lidiar con su propia genética y sistema hormonal, junto a la terrible carga de la violencia aprendida y  grabada en las capas más profundas de su cerebro, constantemente realimentada por el bombardeo de los medios, modelos y arquetipos establecidos.
Ese estado crítico en el que crecen y esa carga tóxica de falsa energía es un polvorín que, ante cualquier inflexión o desajuste (que ellos llamarán siempre provocación porque su cerebro no puede ver lo justificado por el entorno como maldad) puede estallar hacia adentro o hacia afuera.
Si lo hacen hacia adentro se sentirán solos, perdidos y despreciables, volviendo esa agresividad sobre si mismos si no consiguen el recurso de canalizarla contra el mundo.
Si les sale hacia afuera, sin darse ni cuenta, buscarán culpables contra los que luchar, bien sea en la familia, en la calle, en la pareja o en cualquier batalla, o yihad, justa o injusta, en la que sumar esa rabia aprendida y dar curso a esa fuerza justiciera  que sienten llama flamígera contra los "equivocados" y los  "malos".
Por desgracia, seguiremos echando la culpa a los violentos y no a las fábricas donde los forjamos, y nadie podrá nunca demostrar que su agresividad fue alimentada con esos inocentes videojuegos, anuncios, pelis, modelos, conductas, contradicciones, deshonestidades, egoísmos y violencias soterradas o explícitas entre las que consentimos que se perdiera su confianza, discernimiento, valores, ética e inocencia sin hacer absolutamente nada.
Dios nos ampare a todos.
                                                                                                        Octubre/2015