viernes, 6 de mayo de 2016

SOBRE LA MOTIVACIÓN Y EL ENTUSIASMO
Por Vicky Moreno

Vivimos tiempos complicados, con ajustes y restricciones no acostumbradas, difíciles de encajar mientras los sacrificios que se pidan no sean proporcionales a las categorías y a los méritos o deméritos demostrados. En este contexto, viral y deslizante, hablar a los trabajadores de motivación produce frecuentemente en ellos la sensación de hilaridad por sentirse, además de expoliados de sus derechos, obligados a fingir una satisfacción que no saben encontrar en su actual proyecto profesional ni en sus amenazantes condiciones laborales.

Maslow diría que son las necesidades reflejadas en este cuadro las que impulsan los distintos niveles de motivación de cualquier persona, y que, hasta que no están cubiertas las inferiores, no se consigue empuje hacia las siguientes, pero me atrevo a discrepar.

En su planteamiento hay algo que no funciona tan matemáticamente y, aunque admitamos que un hombre hambriento no tiene más impulso que el de satisfacer sus necesidades primarias, existe algo que podemos llamar “idealismo” “entusiasmo” o “romanticismo” que vuelve lo negro blanco y hace héroes de villanos. 


 Palabras como motor, motivo, emoción
, parten de la misma raíz etimológica, y todos sabemos de personas (con cultura, sin cultura, pobres o ricas) que han dejado sus países para dar su vida en lucha por la libertad de un pueblo que jamás habían pisado, o se han metido en la selva para tratar de curar enfermedades que ellos mismos corrían serio peligro de contraer. ¿Cuál es su motor?


 Todos estamos hechos de la materia prima de los sueños. El motor que más nos mueve es un ideal. La correcta visión y el alma grande hacen hueco a metas cada vez más altas y nobles. Pero, según su grado de inercia, muchas personas necesitan dinamizar o fecundar sus sueños antes de dar un paso o ni siquiera reconocerlos.

¿Cuál es el germen de un ideal propio sino el ideal por otros contagiado? Desde ese contagio inmaterial que insufla vitalidad es desde donde aparece el impulso básico, esa zanahoria intangible que daría origen a la motivación en terrenos tan áridos como el bélico o el laboral.

Por lo tanto, no existiría una capacidad de motivación escalonada ni resultaría sólo clasificable en las dos habituales categorías en virtud de su origen externo o interno. Podríamos determinar al menos cuatro tipos de motivación:

1.    Extrínseca = La más conocida, que es consecuencia de un premio o beneficio esperable y calculado que procede de fuera.
2.  Intrínseca = La que proviene de nuestra propia capacidad de recolectar y atesorar argumentos para el agradecimiento y la alegría, difícil de impulsar desde cero.
3.    Transpersonal = La que parte del entusiasmo por la consecución de un ideal no egoico, aún conociendo los puntos negativos o el coste de ejecución que conlleve.
4.  Mimética = La que procede de nuestra natural y automática tendencia a vibrar en la misma longitud de onda que el que se entusiasma sinceramente ante nosotros.

El liderazgo debe de ser naturalmente entusiasta. Cuando el entusiasmo es fingido produce el efecto contrario, porque el cerebro no admite mensajes falsos y la comunicación no verbal lo hace detectable.

El motor de los coches siempre va delante. Nuestros políticos y directivos son los que deben alimentar su correcta información, su transparencia, su positividad y sus sueños más altos para poder ser líderes inflamados de entusiasmo inteligente y contagioso y, como dinamos, aportar fuerza y calor en cualquier colectivo y hacia las metas más generosas, equitativas y eficientes.   

                                                      Vicky Moreno 

lunes, 7 de diciembre de 2015

A VECES


El horizonte, a veces, 
se diluye en un beso.
Otras veces, 
se topa con la muerte y la hace madre
o, cuando menos,
la invita a ser su amante
en este lupanar llamado vida.
La esperanza, a veces, 
se coagula en un verso.
Otras veces,
reposa en el mañana y reverdece
o, cuando llueve,
se deja apelmazar,
en aquel corazón que se hizo invierno.

                             Vicky Moreno

EL QUE PIERDE LA PAZ LO PIERDE TODO

Decía un antiguo proverbio oriental que "El que pierde dinero no pierde nada, el que pierde salud pierde algo, pero el que pierde la paz lo pierde todo".
 Por desgracia, hoy en día no terminamos de creerlo, y dejamos que el miedo resulte ser para algunos el más rentable de nuestros defectos, de manera que nos lanzamos a la acumulación, más allá de nuestras necesidades, en el temor de perder confort y privilegios, lo mismo que nos sumergimos en el estrés y la hipocondria, cayendo hasta en la  automedicación intoxicante, en el temor de perder la salud.
No nos damos cuenta de que ese temor anticipatorio a una pequeña o remota amenaza, y los medios puestos en marcha para tratar de evitarla, son a menudo más letales que el peligro en sí, y, como en un sistema inmunitario enloquecido, nuestra desproporcionada reacción preventiva o defensiva, ademásde la propia salud y bienestar, nos roba algo mucho más importante y sagrado: la paz.
Los terroristas, lo mismo que los tiranos de todos los tiempos, sí lo supieron y lo saben, convirtiendo   nuestra propia reacción de ataque o huida al estado de terror que nos causan, en su estrategia favorita y en un arma mucho más destructiva que sus metralletas o sus bombas.
Desde la paz y la inteligencia hay que reprimirles; desde la paz y la inteligencia hay que aislarles;  desde la paz y la inteligencia hay que intervenir en todos sus circuitos de financiación y comunicación; desde la paz y la inteligencia hay que encarcelar a sus líderes de opinión; desde la paz y la inteligencia hay que desenmascarar a los gobiernos corruptos que les amparan...
Todo, antes que vivir en el temor, cultivar el odio,  permitir el terror en cadena, la injusticia, la venganza, la pérdida de libertades y, sobre todo, el 27 por 100 de niños que mueren de media en cada bombardeo.
En cualquier caso, si echamos cuentas, ni en número previsible de víctimas humanas ni en posibilidades de erradicación del conflicto, salen las cifras que aconsejen la lucha abierta más que para los vendedores de armas, y esos son parte del problema y no de la solución.
Nuestra cultura es cristiana -o al menos de boquilla se precia de ello- y el mensaje de amor incondicional que dictaron todos los profetas y maestros e inunda el Evangelio no era "buenismo" ni "ingenuo conformismo", sino el mandato de conducirnos con benevolencia, paciencia y magnanimidad hacia el bien común, de forma pacífica e inteligente.
                                            Vicky Moreno

http://ssociologos.com/2015/12/06/me-puede-tocar-a-mi-el-riesgo-como-arma-terrorista/

lunes, 12 de octubre de 2015

LA VIOLENCIA NO ES DE LOS VIOLENTOS
Por Vicky Moreno

La violencia contra la mujer es la terrible punta de un iceberg que dejamos flotar libremente en nuestra sociedad, acostumbrados a tener hasta como espectáculo y entretenimiento la visión de estas y otras muchas masacres.
Todos queremos que se deje de matar, que no aparezcan cada día noticias en el periódico sobre hombres que asesinan; personas normales, como tú o como yo, cuya mente, un día de ceguera, con sólo sentirse acosados, insultados o menospreciados, reacciona abriendo el grifo de la adrenalina y poniendo en marcha toda una catártica reacción de defensa aprendida... ¿dónde?...  POR TODAS PARTES.
  No seamos hipócritas. Estamos todos locos (...o, como algunos dirían, conducidos colectivamente por las fuerzas del "lado oscuro"), si creemos que la responsabilidad por esas muertes y muchas otras las tienen los demás.
Consentimos que la violencia y la agresividad estén en las casas, en los juegos, en la tele, en las películas, en los políticos, en la calle;  como lenguaje, como valor, como forma de conseguir cosas, como forma de liderar, como forma de ser "ejecutivo"....
¿Qué esperamos que tenga dentro como grabación profunda y motor de sus resortes automáticos un niño que contempla al mes más de treinta mil escenas, juegos, vídeos y películas que hacen héroes a los violentos? ¿Ve el mismo número de imágenes que muestren la realidad plural y magnífica de la vida? ¿Aprende de guiones y personajes con estructuras psicológicas sanas que ensalcen como héroes a los científicos, a los generosos, a los honestos, a los constructivos, a los serviciales, a los limpios de corazón, a los pacíficos?....
Tan sólo en el paleolítico, cuando la agresividad era un recurso imprescindible para la supervivencia y la defensa del territorio, pudo tener sentido el entrenamiento de ese resorte neuroquímico que activaba las garras y colmillos , y me cabe dudarlo porque,  aún entonces, la selección natural fue dando poco a poco prelación a los individuos mejor dotados intelectualmente y más empáticos y negociadores, por encima de los más animales y agresivos.
Si todos decimos desear lo mejor para ellos ¿qué hace que sigamos entrenando a nuestros hijos en el consumo, la superficialidad, el odio y la violencia en lugar de capacitarlos para una vida en comunidad compasiva,  respetuosa y sana?
Por desgracia, se produce un mecanismo perverso que camufla la gravedad de lo que está pasando y nos conduce a un peligrosísimo y cada vez más próximo, punto de no retorno:
Primero, en la familia, desde que nace el niño, se consiente esa siembra de frivolidad y agresividad presente en los medios y en el propio entorno, junto a mensajes sobre normas sociales y valores que a menudo están ausentes en la conducta de sus propios progenitores. 
Después, nuestro sistema educativo se ocupa de enrasar, pasando la plancha sobre lo más genuino y espontáneo de cada chaval, sin profundización ninguna en discernimiento, compasión, filosofía, valores ni  gestión emocional.
¿Qué va a suceder? 
Que en una parte de especímenes triunfe la educación formal sobre el instinto animal, y salgan más o menos tranquilitos, capacitados para la nutrición, relación y reproducción del modelo social de consumidor adiestrado, accidental padre de familia y educador incompetente sin cuestionamiento alguno. 
O que nuestro chaval salga a la vida en sociedad sembrado de agresividad, valores enfrentados y contradicciones (aunque incluso esté modelado por el barniz que le hace contener a duras penas los gases tóxicos de su propio volcán de emociones, que lleva tapadas  sin comprender, y que jamás le ayudaron a analizar y menos a desmontar).
Los más afortunados y mejor dotados y apoyados, podrán darle la vuelta a la tortilla, hacer buena gestión de su tortura y transformarla en creativa a través de un pincel, un buen maestro, un deporte, un instrumento, un impacto doloroso, un amor constructivo o la propia palabra que les libere para siempre o a ratos de ese lastre de incoherencia heredada en este tiempo de locura.
El individuo masculino de nuestra especie se tiene que enfrentar con la difícil tarea de lidiar con su propia genética y sistema hormonal, junto a la terrible carga de la violencia aprendida y  grabada en las capas más profundas de su cerebro, constantemente realimentada por el bombardeo de los medios, modelos y arquetipos establecidos.
Ese estado crítico en el que crecen y esa carga tóxica de falsa energía es un polvorín que, ante cualquier inflexión o desajuste (que ellos llamarán siempre provocación porque su cerebro no puede ver lo justificado por el entorno como maldad) puede estallar hacia adentro o hacia afuera.
Si lo hacen hacia adentro se sentirán solos, perdidos y despreciables, volviendo esa agresividad sobre si mismos si no consiguen el recurso de canalizarla contra el mundo.
Si les sale hacia afuera, sin darse ni cuenta, buscarán culpables contra los que luchar, bien sea en la familia, en la calle, en la pareja o en cualquier batalla, o yihad, justa o injusta, en la que sumar esa rabia aprendida y dar curso a esa fuerza justiciera  que sienten llama flamígera contra los "equivocados" y los  "malos".
Por desgracia, seguiremos echando la culpa a los violentos y no a las fábricas donde los forjamos, y nadie podrá nunca demostrar que su agresividad fue alimentada con esos inocentes videojuegos, anuncios, pelis, modelos, conductas, contradicciones, deshonestidades, egoísmos y violencias soterradas o explícitas entre las que consentimos que se perdiera su confianza, discernimiento, valores, ética e inocencia sin hacer absolutamente nada.
Dios nos ampare a todos.
                                                                                                        Octubre/2015 

                                                                                      

jueves, 17 de septiembre de 2015

               EL RADICAL OCULTO QUE LLEVAMOS DENTRO
                  Por:  Vicky Moreno

        Interrumpo de golpe lo que estaba haciendo por la urgencia emergente de esta reflexión. Arranco de un leitmotiv que me martiriza hace días:  El radicalismo popular, por desgracia, no sólo está presente en grupos humanos de triste fama como la Kale Borroca, el Estado Islámico, los individuos pro nazis o el Ku Klux Klan, por decir unos cuantos. De manera invisible, dentro de todos nosotros habita un instinto gregario que embota nuestras conciencias y corroe nuestros corazones, haciéndonos sentir especiales, mejores y más listos, cuando conectamos emocionalmente con el acogedor grupo afín, que, sin más profundización, defiende el argumento que se aproxima al que un día mamaron en la infancia. Así de fácil y de simple. Con el detonador de la soberbia y la ignorancia se gestaron bandos y bandas que perpetraron asesinatos, instigaron guerras y definieron diferencias irreconciliables, que han salpicado y salpican de odio, sangre y terror la historia.
Hay que seguir repitiendo hasta la saciedad cosas tan obvias como que nuestra “verdad” no es incuestionable ni la única o mejor “verdad”. La verdad es una gigantesca y multifacética gema esférica, quetiene tantas caras ciertas como puntos conforma ese curvo universo que nos rodea.
Uno puede discutir un dato objetivo, defender su “punto de vista” o, incluso, con ánimo constructivo, criticar la inconsciencia o enajenamiento del que nos quiere dañar desde su caverna, pero no se puede juzgar y menos atacar a quienes miran desde otro hemisferio o diferente ángulo de esa enorme y plural realidad.
Bonita palabra la empatía. En el mejor de los casos, si se tiene el afán de conocimiento bien entrenado, se ha de asomar uno a esa otra cultura que nos choca, su otra visión, sus raíces, las limitaciones del cerebro que la porta, su herencia, hasta entender al “diferente”, su historia y sus motivos. Sólo entonces, si después de todo ese trabajo de escaneo no logramos encontrarnos con su discernimiento o su corazón, podremos apartarnos sin ira o defendernos del daño que nos cercioremos que amenaza desde su miedo o falta de compasión, pero neutralizando siempre todo juicio valorativo, toda animadversión y toda emoción destructiva, por difícil que nos parezca.
A ese acoger, comprender, perdonar, ponerse en el lugar del otro, ayudar, amar, nos enseñaban nuestros principios cristianos. Ningún maestro nos instó a afilar la lengua, la pluma o la espada, para lucir nuestras artes sin piedad en la destrucción del que no pensaba como nosotros. Lo de las “guerras santas” (todas) vino después, fruto de la ceguera, los odios y la manipulación de los poderosos en pro de sus propios intereses.
La “indignación” no me gusta. Me parece que el que se “indigna” pierde la “dignidad” y, sin eso (igual que sin cabeza o sin corazón), no se va a ninguna parte.  Con el sobrenombre también de “santa” se la soporta sobre los hombros de quienes han tenido que limpiar los templos de mercaderes y los caminos de mangantes. Hasta ahí, llego. Más allá, no. Mi tiempo, mi cultura, mis valores, exigen otras respuestas más compasivas, comprensivas, imaginativas y eficaces.
 Pero la severidad y la cerrazón están por todas partes. Se me revuelve el alma contemplando cómo, hoy en día, personas inteligentes y bondadosas, capaces de actos heroicos, no lo son de gestionar adecuadamente sus pasiones y grabaciones, y no consiguen evitar perder el norte a la hora de evaluar situaciones como las que ahora mismo ocupan a nuestro privilegiado primer mundo.
A veces creo que nada ha cambiado en España desde el 36, y muchos de los “indignados” de un lado o de otro, una docena de los amigos de distinta cuna que ahora me leen con variable impaciencia, en cuanto tuvieran poder u oportunidad, mandarían contra la tapia a los que no pensamos como ellos, hasta con el dudosamente noble afán de beneficiar a la “patria”.
La política ha perdido su oportunidad de ganar altura y escalar sus metas más intrínsecas,  para que en la cúspide de sus intereses estuviera siempre y por encima de cualquier otro emblema o valor, el ser humano.
En cualquier caso, no se puede perder el tiempo en pequeñeces domésticas y, menos, dedicarlo a criticar al vecino, su miedo, su conservadurismo, su ordinariez, su populismo o su buenismo, sin saber siquiera de sus auténticas bondades, sus valores, sus excelencias o sus méritos en la gestión del bien común y de sí mismo.
No me interesan los gestores del mal menor cuando las coordenadas que rigen sus decisiones son oportunistas, interesadas o cortoplacistas, y siempre consideran responsabilidad de otros el bien mayor. No es tiempo de cobardes, y el oficio de administrar justicia y gobernanza requiere de mucha valentía, porque los problemas que nos amenazan no son menores ni admiten ensayos. Y no piensen los que me leen que me refiero a la inseguridad que proporciona el problema cierto y preocupante del terrorismo o la globalización del mal, pero es que hay otros.  A corto, medio y largo plazo, hay dramas que atender y hemorragias que atajar que no admiten demora porque nos va en ello lo más sagrado:
El auxilio a los que sufren dentro y fuera; la gestión eficaz de las oleadas migratorias; el apoyo diplomático, político y económico in situ que las evite; el afrontamiento de los peligros reales del cambio climático y sus consecuencias; las acciones preventivas sobre la población amenazada de las zonas previsiblemente afectadas por las inminentes catástrofes (naturales o no); el blindaje y actuación unánime contra la corrupción y la evasión fiscal; el encumbramiento de la ética como norte y guía de todas las transacciones y conductas; la mejora en la educación de la infancia y de la población en general hacia el respeto, el servicio y el consumo responsable; la erradicación del culto al lujo y la banalidad; la exigencia de un sobreesfuerzo en pro del bien común por encima de ningún beneficio personal en todas las decisiones empresariales, políticas y económicas; la gestión eficiente de los recursos y deshechos; el apoyo a la investigación y el desarrollo como motor de progreso; la provisión permanente de la protección a la salud, alimentación y cobijo como derecho de nacimiento de todo ser humano; la exigencia del merecido cuidado y bienestar de nuestros mayores; el profundo respeto hacia los océanos, los espacios naturales y todas las especies animales, etc., etc., etc. 
Hay tanto por hacer que, para qué empecinarnos en contarnos los lunares unos a otros si podemos inspirarnos al contemplar y conservar en nuestra memoria la hermosa sonrisa con la que venimos todos al mundo.
El impulso hacia una fraternidad planetaria no es chifladura de soñadores desocupados, sino un fin superior y misión principal de cualquier humano orgulloso de serlo. Puedo asegurar que no es utópico, porque es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, y las banderas y fronteras sólo son monumentos al miedo, antifaces y muros de la vergüenza, membranas que aíslan y tendrán que ser desacreditados y desmontadas a lo largo de los próximos lustros. No hay más nacionalismo posible que el orgullo de ser ciudadanos del universo y hermanos de todas sus criaturas.
Mientras tanto, y ya que tenemos que permanecer todavía por un tiempito ordenados, ordeñados y clasificados en ésta, nuestra casa común, distingámonos sólo por nuestro celo en el servicio, convirtámosla en un confortable hogar para todos los que en ella nacimos, y demos hospitalidad inteligente a cuantos necesitados y peregrinos de buena voluntad nos transiten.
Así sea.
                                              Vicky Moreno / Septiembre 2015








    

viernes, 31 de julio de 2015

BELLOS CANTOS DE SIRENA

     Yo no uso cajitas para separar mis territorios, pero, si las usara, hoy se habrían desbordado todas. Como las magdalenas en el horno, mis sentimientos habrían rebasado sus márgenes de papel, desparramando sus moléculas hasta formar una sola masa, cálida y fragante, que lo llenaría todo. 
     Es lo que tienen las efervescencias interiores, que no son buenas ni malas porque tal fenómeno culinario trasciende los opuestos. No hay mejor sensación ni mejor meta que la humilde certeza de reconocerse porción diminuta de ese inmenso mar, dejarse hornear y habitarlo todo.
     Pero, aunque sirvan de nave con la que surcar o compartir destinos, las emociones en sí no son la meta. Lo esencial no es ser querido, sino experimentar la grandeza del amor, por medio del amar (de a-mor = no muerte, según algunos).
     Por supuesto que no hablo de la efímera embriaguez romántica, sino de la experiencia sublime que alcanza a los generosos y valientes cuando pierden el miedo y acuden a la llamada de las profundidades, dejándose ir en brazos de las sirenas que invitan a esa entrega. 
     Ulises se equivocó al hacer que le encadenaran para evitar seguirlas, igual que tantos otros se equivocaron y equivocan al aceptar las paralizantes ataduras del deber y lo aprendido basado en la cultura del castigo, mientras que faltan a la obligación suprema de fluir, dejarse ser y amar.
     Ciegos por la rutina o el temor, se amarran al mástil de los convencionalismos, de la inercia, de la acumulación, de los afectos interesados y las expectativas ajenas, creyendo con ello estar a salvo de las iras de Circe, que, en el fondo, sólo les está ofreciendo la oportunidad de superarse a si mismos y ganar su libertad y aprecio. 
      La Odisea es un mito mal interpretado que ha empapado nuestra civilización. La advertencia encriptada era otra, más parecida al mensaje universal del que hablamos.  Como en otros tiempos, hoy sigue llegando este mensaje y son reconocibles en nuestro entorno este tipo de personas:
     Los "rectos", como individuos encapsulados en sus cajitas, que nunca se atrevieron a mirar más allá de sus márgenes, difundían y difunden la tenebrosa fantasía de que los cantos de sirena son peligrosísimos porque desestabilizan el entorno y evocan los más lúdicos, lúbricos y populistas ensueños, arrastrando a quienes los escuchan al Hades, donde serían devorados para no regresar jamás. Para evitarlo, han de taparse los oídos, conservarse ordenados y firmes en sus principios, ciegos a la magia y sordos a su música, a fin de resistir toda tentación, respetando y haciendo respetar la más rancia tradición. (El consiguiente acorchamiento les supone incluso un seguro de flotabilidad).
     Hay quien se lo cree, y hay quien simplemente obedece a los que levantan el dedo, pero todo el mito ha sido falseado durante milenios para justificar hacer lo que siempre se hizo.
     Los anfibios seres señalados por Ulises no eran marinos, ya que, en realidad, en tiempos de Homero se describía a las sirenas como criaturas mitad humanas y mitad aves (la Iglesia Católica metamorfoseó después la leyenda para convertirlos en voluptuosas tentaciones femeninas).
     Presumo que tampoco su llamada era a la perdición, sino a la luz, pues invitaban a salir de la caverna, escapar de la tormenta, de la noche oscura del alma, hacia el flujo dinámico de la vida (“todo ha de morir para nacer de nuevo”). Su música era la canción de la creación, a cuyo ritmo de avance nuestra parte más densa se resiste, sin saber que, quien se dona y diluye entre sus notas, puede convertir el abandono en herramienta al servicio del crecimiento, el gozo y la trascendencia.
     Multitud de mensajes de la sabiduría ancestral nos invitan a despegar de la aparente firmeza del suelo que nos ancla, de la zona cómoda, superar grabaciones, desbordar los límites, investigar, dinamitar el telón de acero de nuestros miedos y explorar sin temor las cimas y profundidades de esa lúcida y luminosa experiencia oceánica que nos desembrida, diluyendo  nuestro ego y aportando tan solo paz y bienestar a quien se atreve a vivir en el discernimiento y el servicio.    
     No hay nada que temer. Sólo hay que dejarse hornear y aprender a volar... (y a bucear, por si acaso).

                                                              Vicky Moreno / Julio 2015


viernes, 27 de septiembre de 2013

SUMISOS POR COSTUMBRE, EXPOLIADOS POR IGNORANCIA - Por Vicky Moreno


Foto: SI NO HAY JUSTICIA PARA EL PUEBLO...


Junto a nuestra proverbial manía de perder la fuerza por la boca, estamos peligrosamente acostumbrados a la sumisión y a la pasividad, dejándonos cocer a fuego lento ante el asombro de la historia, sin más explicación que la inercia fangosa de nuestro chiquitito y egoísta bienestar junto a la anestesiante confianza en que alguien, en alguna parte, esté haciendo lo que nosotros no, al tiempo que identificamos "gobierno" con "autoridad con fundamento"... pero no hay tal. 
Primero, porque se nos olvida que los gobernantes sólo son funcionarios al servicio del país (nosotros), que somos los que debemos ser atendidos y los acreditados por naturaleza para recibir todo el respeto y la pleitesía posible. que para eso pagamos. 
Segundo, porque, por desgracia, nadie puede garantizar que los elegidos en las urnas a base de millonarias campañas nada equitativas y a menudo financiadas irregularmente, tengan con ello demostrada altura moral, intelectual o emocional ninguna, cualidades que ya es hora que exijamos probar a los candidatos a través de un examen serio, aséptico y científico, por medio del cual, cada vez que un ciudadano se ofreciera a dirigir los destinos de una nación fuera previamente imperativo analizar y evidenciar su perfil psicológico; biografía; formación; programa propuesto; viabilidad y realismo de sus planteamientos; coherencia y ética previamente demostradas; inteligencia emocional y capacidades varias, frente a un equipo de expertos e intelectuales ecuánimes y no vinculados a ningún partido, asistidos por el software más avanzado, que permitiera garantizar su eficiencia y objetividad a la hora de minimizar el nivel de incertidumbre de los votantes y asegurando así a priori la idoneidad de cada candidato...
Tercero, porque, en nuestra intoxicada sociedad, con datos tan manipulados por tan diversos intereses, y sabiendo que la reflexión y el discernimiento no son deportes nacionales, es del género tonto suponer que el simple arreglillo en phootoshop de la imagen y curricula de los candidatos sirva a nuestras mentes desnutridas y puramente emocionales, para elegir con ninguna profundidad ni ningún criterio fiable a ningún candidato confiable.
No es mala suerte que nos den gato por liebre y encima nos lo cobren como faisán, mientras regalan a los magnates de las finanzas nuestro plato y nos racionan las migas, tan sólo es consecuencia de nuestra ignorancia e incompetencia. Si no queremos que sigan pasando las mismas cosas, tendremos que abrirnos a buscar herramientas novedosas para cambiar los principios torticeros que originan nuestros males.
Por supuesto que queda mucho por hacer antes de llegar a la violencia contra nadie en busca del buen gobierno, transparencia, equilibrio distributivo o justicia, aunque estemos en nuestro derecho y sea nuestro deber defender estos valores. Por otra parte, tratar de reprimir violentamente a quien ostenta un poder que nuestra adulterada democracia le ha otorgado, no sólo sería incongruente, sino que apenas destronaríamos a un idiota para poner a otro.
En cualquier caso, el fin no justifica los medios y, como postularía Gandhi, la paz, el diálogo, la perseverancia y una sana rebeldía son las únicas vías éticas en pos de un fin ético, pese a que, sin duda, también estemos obligados a vencer la pereza, cobrar conciencia y unirnos para reprimir de la manera más inteligente y activa que podamos la violencia institucional que estamos consintiendo que se ejerza contra los más desfavorecidos.
Nuestro país ya no es el que soñaron y lucharon por conseguir nuestros padres, pero todavía estamos a tiempo de que no llegue a ser el reino de los mentirosos y los lobos codiciosos del que se avergüencen nuestros hijos, ya despojados, mientras reniegan del recuerdo de nuestra cobardía.
                                                                                        Septiembre 2013

miércoles, 25 de septiembre de 2013

EL CIELO EN LA TIERRA: Restar, en vez de sumar; bajar, en lugar de subir

Interesantísima entrevista a Emilio Carrillo:

04/09/2013

Restar, en vez de sumar; bajar, en lugar de subir



Se reproduce seguidamente una entrevista realizada a Emilio Carrillo el pasado 28 de agosto.
Se inscribe en el ”Research Project: New Social Paradigms” (Proyecto de Investigación sobre Nuevos Paradigmas Sociales), acometido por estudiantes adscritos al convenio de colaboración entre las Universidades de Ratisbona (Alemania) y Liubliana (Eslovenia).
La persona concreta que se encargó de realizarla y transcribirla prefiere mantenerse en el anonimato.

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Hola, Emilio. Gracias por compartir esta entrevista.
      Gracias a ti por proponer que la mantengamos. Y bienvenida a mi casa y a Sevilla.

Ante todo, perdona por mi español, que no es muy bueno.
      Tampoco lo es el mío. Ten en cuenta que soy andaluz, ja, ja, ja…

Ya… Y del “manque” pierda…
      Estás muy bien informada para venir desde tan lejos, ja, ja, ja…

Para comenzar, me gustaría saber cómo resuena en tu interior un párrafo de un libro que he leído este verano. Es de Pablo d´Ors y se titula El olvido de sí. Sus páginas describen la trayectoria vital y el camino espiritual de Charles de Foucauld.
Admiro la vida y la obra de Foucauld, referente contemporáneo de la tradicionalmente denominada “Espiritualidad del Desierto”, que arrancó allá por el siglo IV de la mano de monjes, eremitas y anacoretas como Pablo el Ermitaño o Simón el Estilita. En la ascesis solitaria buscaban la paz interior que les permitiera alcanzar la conexión con nuestra divinidad: la unión mística con la naturaleza divinal que todos atesoramos; con el Dios que es yo, cada uno, todos y Todo.

El párrafo dice así: “Me ha costado mucho entender que no tengo que ser nada, puesto que ya lo soy; que el proceso por el que debía encaminarme no consistía en añadir experiencias o conocimientos para llegar a ser, sino precisamente quitarlas para llegar adescubrir a quien ya era y a quien durante tanto tiempo había ignorado. Según he comprendido, estos son los presupuestos básicos con que se puede vivir: yo no soy y tengo que sumar para poder ser; yo ya soy y tengo que restar para descubrirlo”.
Lo suscribo íntegramente: no hay que intentar ser algo, pues ya Somos todo; y no hay que sumar nada a lo que ya Somos, sino restar la enorme cantidad de postizos, accesorios y aditivos con los que tapamos y ocultamos lo que Somos.
En mi contexto vital y circunstancias personales, procuro llevarlo a la práctica cada día, de instante en instante, sin agobios, fluyendo y aceptando mi propio proceso y el de los demás.

¿Cómo se alcanza ese convencimiento de que ya somos todo y que no se trata de sumar, sino de restar?
No es un convencimiento, es un descubrimiento. Y, a la par, significa recordar lo que ya sabemos, pero había quedado arrinconado en nuestra Memoria Transcendente.
El quid de la cuestión se halla en tomar íntima consciencia de que ya todo Es y nosotros mismos Somos todo aquello que nuestro Corazón puede anhelar.
A partir de ahí, nos inunda el discernimiento sobre la verdad de la vida: vivimos única y exclusivamente ¡para vivir! Ni más ni menos. Este es el motivo y el fundamento de la existencia en todos los planos y Dimensiones. También, por supuesto, en el plano humano.
No vivimos para “tener que” o “deber de”; no vivimos para poseer, conseguir, hacer, desear, rechazar, luchar, convencer,… Y, desde luego, no vivimos para sobrevivir. La razón de ser de la vida es vivir: ¡vivir para vivir!
 Cuando nos damos cuenta de esto, la Vida se revela como lo que realmente es: un Milagro colosal y constante. Y nos percatamos de que se puede Confiar plenamente en ella; que todo tiene su porqué y su para qué en clave del desarrollo de nuestro propio proceso evolutivo; que las experiencias que vivimos no son ni “buenas” ni “malas”, sino experiencias todas que nos impulsan por igual en nuestro devenir consciencial; y que todo fluye, refluye y confluye en el Amor de cuanto Es.
Por tanto, vivir no consiste, permíteme el símil, en meter más muebles en casa. Al contrario: para “Vivir Viviendo” –vivir para vivir-, hay que vaciarla enteramente para que nuestro “verdadero ser”, que es radicalmente divino, brille, se expanda y se despliegue en este plano y Dimensión en su espléndido e inefable potencial.

Lo expresas como si fuera lo más normal del mundo, pero lo que nos muestra el mundo es todo lo contrario. De hecho, la mayoría de los hombres y mujeres consideran que tienen que sumar (objetos y bienes materiales, vivencias, experiencias, personas, saberes, prácticas espirituales, etcétera) para poder ser. Y es a lo que nos enseñan nuestros padres y en el colegio y la Universidad.
Mucha gente aún confunde la vida con la supervivencia y se dedica no a vivir, sino a sobrevivir, que son cosas bien distintas. De hecho, las preocupaciones y ocupaciones cotidianas de la mayor parte de las personas se centran en sobrevivir y a esto le llaman vivir. Al sistema educativo le sucede exactamente lo mismo.

¿Cómo se diferencia “vivir” de “sobrevivir”?
“Sobrevivir” se basa en el utilitarismo, el valor de cambio, el esfuerzo y la huida del momento presente. Me explico.
Por un lado, para “sobrevivir” se necesitan ineludiblemente cosas y personas, que pasan a tener un carácter “utilitario” e instrumental para la deseada supervivencia. La gente, las cosas, la Naturaleza, el planeta, etcétera se conciben sólo al servicio de la propia supervivencia. Así, hasta el amor se convierte en una mera emoción derivada de esa necesidad instrumental del otro.
Por otro, todo aquello que se incluye en “sobrevivir” conlleva una contrapartida o precio -suele ser valorable en términos pecuniarios, en euros- y requiere esfuerzo y trabajo.
Por último, “sobrevivir” se caracteriza por moverse entre el pasado y el futuro, desatendiendo e ignorando el presente.

¿Y “vivir”?
Para “vivir” no se necesita nada ni a nadie. Sobra con la Vida y con tomar consciencia de nuestro “verdadero ser”, constatando su naturaleza divinal y su pertenencia a la Unidad y Unicidad del Todo. Así se goza de la Vida sin deseos ni rechazos, situado en el momento presente y comprobando que la Felicidad es nuestro Estado Natural.
Por lo mismo, “vivir” pertenece a la esfera del Aquí y Ahora, es totalmente ajeno a lo pecuniario y desconoce el esfuerzo: sus componentes y manifestaciones carecen de contrapartida o precio y fluyen en la vida, en la de cada uno, sin trabajo y con naturalidad.
La gente sufre una fuerte amnesia con respecto a lo que vivir es y significa.

¿Por qué esta amnesia?
No es casual, sino consecuencia del aferramiento a una “consciencia egocéntrica”, que lleva a identificarse exclusivamente con un yo material (físico, emocional y mental) y olvidar lo que realmente Somos y Es.
No hay que ofuscarse por ello. Se trata de una fase natural en la evolución consciencial de los seres humanos y de las dimensiones álmicas en ellos encarnados. Y dará paso, lo empieza a hacer ya, a otra fase, tal como el invierno es una estación preciosa y precisa para que estalle la primavera.
Insisto: todo su tiene su porqué y su para qué. Y también lo tiene esta fase egocéntrica en la que la Humanidad lleva ya largo tiempo instalada y que bastantes hombres y mujeres comienzan ahora a dejar atrás.
     
Estos hombres y mujeres… ¿son los pioneros de una transmutación en la escala de valores y los paradigmas sociales de la Humanidad?
Desde el aferramiento a la “consciencia egocéntrica”, se han fabricado paradigmas, pautas vitales y un completo y complejo sistema de creencias absolutamente falaces y artificiales que conducen a la convicción de que tenemos que sumar para poder ser.
El género humano está evolucionando de manera natural hacia un nuevo estado consciencial que puede llamarse “Consciencia de Unidad”. De ella brotarán paradigmas y pautas de vida muy distintos a los hoy vigentes.
Es más, parte de esos nuevos paradigmas ya han sido creados por el ser humano, pero no han calado en el interior de las personas ni se han socializado.

¿Puedes poner algún ejemplo de esto último?
Los principios herméticos, todos y cada uno, son un buen botón de muestra. Y, a propósito de lo que viene siendo nuestra conversación, el segundo de ellos: el Principio de Correspondencia.

El célebre “como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba”.
Su enunciado es simple, aunque ostenta un gran calado. Enseña, de manera directa y sintética, la analogía existente a todos los niveles de la Creación entre lo “macro” y lo “micro”, lo “micro” y lo “macro”.
En el capítulo que le dedica el Kybalion, texto del siglo XIX que compendia la sabiduría hermética, se afirma que esto es así “porque todo cuanto hay en la Creaciónemanó de la misma Fuente; y las mismas leyes, principios y características se aplican a cada unidad o combinación de unidades de actividad, conforme cada una manifiesta su propio fenómeno en su propio plano”.
También por esto, todo es suma de partes y forma parte de una suma superior, aunque cada parte es a su vez el Todo.
El Cosmos, la Naturaleza y la Vida están repletos de casos, fenómenos y hechos que confirman la veracidad de este principio hermético.

Y en el seno del Cosmos, la Naturaleza y la Vida se integra la Humanidad.
Efectivamente…
Para ahondar en el Principio de Correspondencia como uno de los paradigmas que adquirirán carta de naturaleza con la “Consciencia de Unidad” y enlazando con la vía de la resta, no de la suma, con la que arrancó esta entrevista, conviene recordar que todos los seres humanos, en mayor o menor medida, presentan una tendencia e inclinación innatas a alcanzar un saber lo más entero y global posible acerca de lo divino y lo humano: el mundo, las cosas, el Universo, la vida, la muerte, los entresijos de uno mismo y los otros,…

Como sé que a ti te gusta citar, Albert Camus lo plasmó con agudeza y desgarro interior en El hombre rebelde al referirse a “los interrogantes más penosos, más abrumadores, los del corazón que se pregunta: ¿dónde puedo sentirme en mi casa?”
Se trata de un impulso tan potente como instintivo.
Y bajo su influencia, el género humano ha ido consolidando la práctica de escrutar, examinar y explorar lo “macro” cual método idóneo de adquisición del conocimiento deseado.

Así es, aunque en las últimas décadas, gracias especialmente a las aportaciones de la física cuántica, la ciencia empieza a mirar a lo “micro” como fuente del conocimiento.
No por casualidad, es ahora cuando la ciencia comienza a percibir que lo “macro” es algo demasiado lejano de nosotros y la realidad que nos rodea y otea lo “micro” para explicar lo que en lo “macro” no llega a entender.
En la medida que vamos hacia arriba en nuestro proceso de indagación, los interrogantes aumentan y el velo que oculta la verdad se hace más denso. Y cuanto más ascendemos, con más fuerza percibimos interiormente un extraño sentimiento mezcla de soledad, aturdimiento y añoranza.
No obstante, el sistema de creencias y los paradigmas sociales continúan imbuidos por lo “macro”.

Ya, pero entonces… ¿qué hacemos?
El Principio de Correspondencia nos ofrece otra puerta para acceder a la anhelada sabiduría. Es la puerta de lo pequeño, de lo “micro”, de lo que se halla abajo: tan abajo como nosotros mismos o aún más.
La ventaja de esta vía radica en que se encuentra bastante más a nuestro alcance que la que mira hacia arriba hasta terminar perdiéndose en la inmensidad. Sin embargo, siendo esto así, se utiliza muy poco y no hay un equilibrio entre lo “macro” y lo “micro” como llaves del conocimiento.

Entiendo…
Pues bien, cuando se llega a este punto comenzamos a percatarnos de que todo se comprende desde abajo y que lo sabio no es subir, sino bajar. No en balde, como cada parte es a su vez el Todo, lo más bajo contiene igualmente en sí lo más global y la esencia misma de la Unidad en la que todo Es.
      El “Conócete a ti mismo”, que los Siete Sabios de la Grecia clásica, recogiendo una sabiduría que se remonta al antiguo Egipto y a culturas mesopotámicas, inscribieron en el frontispicio del Templo de Delfos, exige bajar al interior de uno mismo y, en introspección y silencio, encontrar y reconocer lo que Somos.
La sociedad actual camina por derroteros bien distintos. Y por esto, como Scheler y Heidegger han subrayado, que nunca hemos sabido tantas cosas sobre el ser humano como ahora y, contradictoriamente, nunca hemos sabido menos de él.

Intuyo que todo lo precedente es de aplicación al desenvolvimiento de la dinámica consciencial, en general, y al proceso consciencial y evolutivo del ser humano, en particular.
Las personas buscan la “realización” y el “crecimiento” y creen que se hallan asociados a incorporar y agregar cosas (objetos, personas, vivencias,…) a sus vidas.
Subyace en ello el convencimiento y el sentimiento profundo de que uno mismo se encuentra incompleto, falto de algo o de mucho. Y se busca a través de la suma y en lo “macro”, cuanto más suma y más “macro” mejor, la satisfacción de los deseos y aspiraciones y las respuestas para el corazón que se pregunta.
Pero es absolutamente falso que seamos incompletos o que carezcamos de algo. Sólo el olvido de lo que realmente Somos, de nuestro “verdadero ser” y “naturaleza esencial” y divinal, hace que la gente crea tamaña sandez y confíe en la suma cual brújula y práctica en el proceso de “realización” y “crecimiento”.
El Principio de Correspondencia conlleva un rotundo llamamiento a dar la vuelta, cual si de un calcetín se tratara, a la manera en la que las personas acostumbran a contemplar su proceso de “realización” y “crecimiento”.

Restar en vez de sumar…
La consciencia se expande restando, no sumando; bajando, no subiendo. Se acabaron los trabajos, los esfuerzos, los sacrificios,… Adiós al estrés, a las tensiones, a las preocupaciones,...
La vía no es la suma, sino la resta; no es la acumulación, sino el desasimiento; no es el “llenado”, sino el vaciamiento; no es el tener, sino el desprendimiento; no es el poseer, sino el desposeimiento; no es el alojo de cada vez más cosas, sino el desalojo interior hasta que sea completo.
La puesta en práctica de todo ello consiste en una Vida Sencilla experienciada en el Aquí y Ahora, con consciencia de nuestra divinidad y plena de Confianza. Así se vive con paz y alegría y sin inquietarse por nada.

Esto me trae a la memoria otro párrafo del mismo libro de Pablo d´Ors. Permíteme que te lo lea: “Todo es profundamente elemental; la vida es mucho más sencilla de lo que creemos cuando somos jóvenes. La vida es levantarse por la mañana y rezar; trabajar; comer; acostarse por las noches; saludar a los vecinos; pasear… La vida es cantar una melodía que recordamos; sorprenderse de que salga el sol o de que se ponga; dormir; soñar… Todo está bien. No hay que luchar, sólo vivir. Vivir: esa es la cuestión. Y dejarnos envejecer. Y luego, finalmente, apagar la luz”.
      Todo está bien, todo es perfecto. Tanto que ni siquiera cabe calificarlo como “perfecto”, pues ello supondría que en la Creación existe igualmente lo “imperfecto”. Y no es así. En la Creación, en la Vida, en general, y en la vida de cada cual, en particular, no hay imperfecciones, ni caos, ni azar, ni errores…
Todo cuenta con su porqué y su para qué; todo fluye en el Amor; y todo lo que acontece en la vida impulsa el proceso evolutivo de cada uno -cada cual en su punto y momento evolutivo, todos igualmente respetables-, que se halla absolutamente integrado en la Evolución de la Humanidadla Madre Tierra, el Cosmos y la Creación.
      Vivir para Vivir significa Confiar en la Vida y dejarse fluir aceptando todo aquello que la propia Vida, no nuestros deseos egoicos de satisfacción ni nuestras programaciones mentales, nos vaya poniendo por delante.

En “Dios”, tu último y muy reciente libro, afirmas que lo importante no es qué pasa o deja de pasar en el día a día y en nuestra vida, sino cómo vivimos aquello que pasa…
La “consciencia egocéntrica” llama a poner el acento en el “qué”: qué hago o dejo de hacer, qué “debo de”, qué “tengo que”,…
En la medida que ese estado de consciencia queda atrás, se deja el “qué” en manos de la Vida y la Providencia –nuestro “verdadero ser” en acción- y nos centramos en el “cómo” para llenar de Amor e impregnar con su vibración, con la Frecuencia de Amor, todos los hechos y circunstancias –experiencias, en definitiva- que la vida nos va trayendo de momento en momento. Y da igual el color que la mente quiera otorgar a la experiencia –“alegre” o “triste”, “placentera” o “dolorosa”…-. Sólo importa situar en la vibración del Amor cada experiencia que la Vida nos ponga por delante.

¿Algún consejo para lograrlo?
No doy consejos. Lo único que puedo compartir es el papel y la importancia de la humildad.
Una humildad tan grande como para permitirnos el “endiosamiento”: percatarnos de que Dios es yo y que yo soy Dios precisamente cuando cesó de ser “yo”, es decir, cuando dejo de aferrarme a cualquier idea de identidad, sea física, álmica o espiritual, sea individual o colectiva. Esta disposición y esta voluntad de dejar de ser “yo” para ser Dios (o como cada cual quiera denominarlo) es, en el plano humano, la más acabada expresión de humildad.
Desde ella, restar y bajar, el desalojo y el vaciamiento y la Pazla Felicidad y la Quietud emanan espontáneamente desde nuestro interior: desde allí donde siempre estuvieron esperando pacientemente a que, a través de nuestra toma de consciencia en libre albedrío, las proyectáramos dulcemente y con Amor al exterior para plasmar El Cielo en la Tierra.

Es una hermosa forma de cerrar la entrevista. Muchas gracias, Emilio, por lo que has compartido durante la misma.
A ti por hacerlo posible.
EL CIELO EN LA TIERRA: Restar, en vez de sumar; bajar, en lugar de subir: Se reproduce seguidamente una entrevista realizada a Emilio Carrillo el pasado 28 de agosto. Se inscribe en el ”Research Project: New...