viernes, 31 de julio de 2015

BELLOS CANTOS DE SIRENA

     Yo no uso cajitas para separar mis territorios, pero, si las usara, hoy se habrían desbordado todas. Como las magdalenas en el horno, mis sentimientos habrían rebasado sus márgenes de papel, desparramando sus moléculas hasta formar una sola masa, cálida y fragante, que lo llenaría todo. 
     Es lo que tienen las efervescencias interiores, que no son buenas ni malas porque tal fenómeno culinario trasciende los opuestos. No hay mejor sensación ni mejor meta que la humilde certeza de reconocerse porción diminuta de ese inmenso mar, dejarse hornear y habitarlo todo.
     Pero, aunque sirvan de nave con la que surcar o compartir destinos, las emociones en sí no son la meta. Lo esencial no es ser querido, sino experimentar la grandeza del amor, por medio del amar (de a-mor = no muerte, según algunos).
     Por supuesto que no hablo de la efímera embriaguez romántica, sino de la experiencia sublime que alcanza a los generosos y valientes cuando pierden el miedo y acuden a la llamada de las profundidades, dejándose ir en brazos de las sirenas que invitan a esa entrega. 
     Ulises se equivocó al hacer que le encadenaran para evitar seguirlas, igual que tantos otros se equivocaron y equivocan al aceptar las paralizantes ataduras del deber y lo aprendido basado en la cultura del castigo, mientras que faltan a la obligación suprema de fluir, dejarse ser y amar.
     Ciegos por la rutina o el temor, se amarran al mástil de los convencionalismos, de la inercia, de la acumulación, de los afectos interesados y las expectativas ajenas, creyendo con ello estar a salvo de las iras de Circe, que, en el fondo, sólo les está ofreciendo la oportunidad de superarse a si mismos y ganar su libertad y aprecio. 
      La Odisea es un mito mal interpretado que ha empapado nuestra civilización. La advertencia encriptada era otra, más parecida al mensaje universal del que hablamos.  Como en otros tiempos, hoy sigue llegando este mensaje y son reconocibles en nuestro entorno este tipo de personas:
     Los "rectos", como individuos encapsulados en sus cajitas, que nunca se atrevieron a mirar más allá de sus márgenes, difundían y difunden la tenebrosa fantasía de que los cantos de sirena son peligrosísimos porque desestabilizan el entorno y evocan los más lúdicos, lúbricos y populistas ensueños, arrastrando a quienes los escuchan al Hades, donde serían devorados para no regresar jamás. Para evitarlo, han de taparse los oídos, conservarse ordenados y firmes en sus principios, ciegos a la magia y sordos a su música, a fin de resistir toda tentación, respetando y haciendo respetar la más rancia tradición. (El consiguiente acorchamiento les supone incluso un seguro de flotabilidad).
     Hay quien se lo cree, y hay quien simplemente obedece a los que levantan el dedo, pero todo el mito ha sido falseado durante milenios para justificar hacer lo que siempre se hizo.
     Los anfibios seres señalados por Ulises no eran marinos, ya que, en realidad, en tiempos de Homero se describía a las sirenas como criaturas mitad humanas y mitad aves (la Iglesia Católica metamorfoseó después la leyenda para convertirlos en voluptuosas tentaciones femeninas).
     Presumo que tampoco su llamada era a la perdición, sino a la luz, pues invitaban a salir de la caverna, escapar de la tormenta, de la noche oscura del alma, hacia el flujo dinámico de la vida (“todo ha de morir para nacer de nuevo”). Su música era la canción de la creación, a cuyo ritmo de avance nuestra parte más densa se resiste, sin saber que, quien se dona y diluye entre sus notas, puede convertir el abandono en herramienta al servicio del crecimiento, el gozo y la trascendencia.
     Multitud de mensajes de la sabiduría ancestral nos invitan a despegar de la aparente firmeza del suelo que nos ancla, de la zona cómoda, superar grabaciones, desbordar los límites, investigar, dinamitar el telón de acero de nuestros miedos y explorar sin temor las cimas y profundidades de esa lúcida y luminosa experiencia oceánica que nos desembrida, diluyendo  nuestro ego y aportando tan solo paz y bienestar a quien se atreve a vivir en el discernimiento y el servicio.    
     No hay nada que temer. Sólo hay que dejarse hornear y aprender a volar... (y a bucear, por si acaso).

                                                              Vicky Moreno / Julio 2015


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