lunes, 7 de mayo de 2012

¿CON QUÉ TERNURA, SI NO, SE HARÍA LA PRIMAVERA? Por Vicky Moreno

   Una madre es un tesoro irrepetible por más afectos que después nos regale la vida. Ellas son la tierra que nos sustenta, la sangre que nos alimenta y el agua cálida en la que flotamos aún después de salir de su entraña. Por eso, nunca se van. Desaparecen a nuestros ojos, pero es debido a que se alargan, se ensanchan, se difuminan y se redondean para volver a contenernos.
   La penita nos hace buscar señales y las noches nostálgicas quisiéramos encontrar en el cielo estrellado un guiño de luz que nos la nombre o un código secreto que nos acerque su sonrisa, sin darnos cuenta de que lo que ahora nos envuelve ya no es algo ajeno y lejano sino una bóveda de bits y besos, cálida y protectora. No es que, como dicen algunos, ahora la llevemos dentro, es que de nuevo nos contiene, nos acuna y nos ayuda a crecer y a renacer cada día.
   Por eso, el mejor homenaje que podemos hacerles, es cumplir la meta de su maternidad, el anhelo de su existencia:  Poder contemplar hijos felices, sanos y buenos. Las madres son así. El orgullo aparentemente silencioso de todas ellas se vuelve siempre flores o canciones. ¿Con qué ternura, si no, se haría la primavera...?

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